Empecé a llorar. Simplemente verlo otra vez hacia que mi dolor creciera, él era todo lo bueno y lo malo en mi. Empezaba a mejorar y ahora que lo vuelvo a ver me siento peor que nunca.
-Nunca me dijiste que no me fuera. Nunca me dijiste que me necesitabas.-dijo él con los ojos llorosos y con su tono de rabia en la voz.
-¡Sabes que odio expresarme! Tú me conoces mejor que nadie... Pensé que simplemente te quedarías por mi... Pensé que te importaba...-no sé si lo susurré más para mi que para él.
- ¡Eres la persona que más me importa en esta mierda de mundo! ¿¡No lo entiendes?!-exclamó.- Eres mi todo.
-Si fuera tu todo nunca te habrías marchado.-más lágrimas se escaparon de mis ojos.
-Si yo te importase no me habrías dejado ir.-contraataco él acercándose más a mi. Apenas quedaban centímetros entre nosotros, así que decidí dar un paso para atrás. Me golpee con la pared, pero no hice ninguna mueca.
-Nunca has jugado limpio.-dije con ironía en mi voz.
-Tú tampoco.-sonrió de lado.- Te he echado de menos todo este año...
-Yo también...-murmuré.- Siempre lo fuiste todo para mí, aún que nunca te lo ubiese dicho. Te amo. Siempre pensé que lo sabias, eres la única persona con la que puedo ser yo.
-No has cambiado nada preciosa.-soltó una carcajada. Cojió una mecha de mi cabello que se solto de la coleta y la puso detrás de mi oreja.
-Tu estas más feo.-mentí. Había cambiado bastante fisicamente, y aún estaba más guapo que antes.
-Mentirosa.-se acercó todo lo posible a mi y murmuró en mis labios.- Sabes que siempre he sido el único, y siempre lo seré.
Después de murmurar eso me besó con toda esa pasión que nos había alejado por un año. Un año de sufrimiento. Un año de pensar que no se acordaría de mí. Un año de comer helado de chocolate escuchando música triste.
Sweet Potato.